Cada segundo viernes de agosto, Paraguay celebra su identidad con un clásico inconfundible: la chipa, ese pan de queso y almidón que se convirtió en bandera cultural y alimento del alma.
Este segundo viernes de agosto, Paraguay vuelve a llenarse de aroma a chipa recién horneada. No es casualidad: desde 2015, por Ley N.º 5.267/2014, esta delicia popular se celebra oficialmente como Día Nacional de la Chipa, un homenaje merecido al alimento que lleva siglos acompañando desayunos, meriendas y mates compartidos.
La chipa trasciende lo gastronómico: es símbolo del mestizaje guaraní-español que germinó en Asunción y logró expandirse hacia el resto del país. Su preparación —con almidón de mandioca, queso Paraguay, huevo, leche, sal, grasa y un toque de anís— representa una tradición transmitida casi como un ritual familiar desde tiempos coloniales, basada en el ancestral mbuyapé.
Este día puntualmente se vive con entusiasmo popular. Las plazas, las rutas y los puestos tradicionales rebosan de chiperas y chiperos con canastos repletos de bollitos humeantes. En ciudades como Eusebio Ayala (Barrero Grande), cuna histórico del chipá barrero, se organizan celebraciones comunitarias con degustaciones, música y competencia de recetas.
Además, en localidades como Asunción o Lambaré, la conmemoración se acompaña con actividades culturales, presencia de emblemas del pan rojizo y transmisión de historias que vinculan generaciones enteras. Con una festividad que fusiona lo simbólico con lo sabroso, este día reconecta la identidad paraguaya alrededor del fuego hogareño, la charla franca y el sabor que no falla.
