Siete tragos, ayunas y fe: así se mantiene viva la tradición paraguaya.

El 1 de agosto tiene un significado especial para los paraguayos. Más que una simple fecha en el calendario, es el día en que se renueva uno de los rituales más antiguos y simbólicos del país: beber carrulim, un preparado que combina caña, ruda y limón. Este brebaje, de fuerte carácter popular, es considerado por muchos como un escudo contra las adversidades de un mes al que la sabiduría popular le atribuye una carga especial de dificultades.
La expresión guaraní “Agosto, vaka piru ha tuja rerahaha” —“agosto se lleva a las vacas flacas y a los ancianos”— resume el temor que históricamente se ha tenido a este mes, visto como una época dura, marcada por enfermedades y malos augurios. Frente a esto, el carrulim aparece como una respuesta cultural, un gesto colectivo de resistencia y esperanza que, aunque cargado de misticismo, también se vive como una fiesta de identidad nacional.
El ritual de los siete tragos
La tradición es clara: el carrulim debe tomarse en ayunas y en exactamente siete tragos. No seis, no ocho. Siete. Cada sorbo tiene su propio significado simbólico, representando pasos hacia la limpieza del cuerpo y el espíritu, un pequeño acto de purificación que promete fortaleza para enfrentar el mes.
Si bien la receta tradicional combina únicamente caña, ruda y limón, en muchas casas y comunidades se agregan otros ingredientes: hierbas medicinales como menta’i o cedrón, e incluso especias que, según las creencias, potencian sus propiedades. Sin embargo, más allá de los ingredientes, lo que se mantiene inalterable es la fe en su poder.
Más que una bebida, un legado cultural
Lo que hace del carrulim algo único no es solo su sabor intenso y su preparación sencilla, sino su papel como símbolo de identidad paraguaya. Beberlo no es solo seguir una receta, sino conectarse con una costumbre transmitida de generación en generación, desde las familias campesinas hasta los barrios urbanos, en un gesto que mezcla cultura, memoria y mística popular.
Cada 1 de agosto, ciudades y pueblos enteros del país viven una pequeña celebración no oficial. Puestos callejeros, mercados y ferias ofrecen el carrulim ya listo, mientras otros prefieren prepararlo en casa, siguiendo las enseñanzas de padres y abuelos. En ambos casos, el objetivo es el mismo: espantar la mala energía y atraer la buena fortuna.
Fe, comunidad y esperanza
El carrulim también funciona como un momento de encuentro. Muchas familias y grupos de amigos se reúnen para compartir la bebida, intercambiar historias y recordar anécdotas de años anteriores. Es un ritual que, más allá de lo espiritual, tiene el poder de unir y generar un sentido de pertenencia.
Este año, una vez más, Paraguay alzará sus vasos y brindará con carrulim. Porque en cada trago no solo se busca protección, sino también se reafirma una identidad cultural que sobrevive al paso del tiempo. En un mundo en constante cambio, esta tradición sigue recordándonos algo esencial: la fuerza de los símbolos y el poder de la fe compartida.