Fundada el 15 de agosto de 1537, la “Madre de Ciudades” marcó el punto de partida político, cultural y humano del Paraguay.

Asunción nace a orillas del río Paraguay y de una alianza. Ese 15 de agosto de 1537 —fecha elegida en honor a la Asunción de María— Juan de Salazar y Espinosa levantó el fuerte que daría nombre a la ciudad. Muy pronto, la pequeña empalizada dejó de ser solo resguardo militar: se convirtió en un puerto vivo, en cruce de caminos, en hogar compartido entre españoles y naciones guaraníes que hicieron posible la primera sociedad mestiza del Río de la Plata.
Desde sus primeros años, Asunción fue mucho más que un asentamiento. La convivencia, los pactos y los lazos familiares con los guaraníes permitieron sostener la colonia y, a la vez, dieron identidad nueva a la lengua, a la comida, a los oficios y a las celebraciones. Con Domingo Martínez de Irala al frente, el poblado instaló Cabildo y organizó la vida cívica; y desde su bahía partieron expediciones que fundaron o repoblaron ciudades como Santa Cruz de la Sierra, Santa Fe, Corrientes y la segunda Buenos Aires. Por eso la historia la recuerda como “Madre de Ciudades”.
La traza urbana creció pegada al río, con el puerto como corazón económico: embarques de yerba mate, cueros, madera y artesanías salían y entraban marcando el pulso de la villa. Iglesias, conventos y estancias expandieron la frontera productiva y espiritual de una sociedad que nacía entre chipas, arpas y oración. En paralelo, el uso cotidiano del guaraní junto al castellano consolidó una identidad bilingüe única en la región.
Con el paso de los siglos, Asunción fue escenario de los grandes capítulos del país. Aquí se tejieron redes de comercio y milicias; aquí maduró el espíritu autonomista que estalló en la independencia de 1811; aquí se diseñó, con avances y tropiezos, el rumbo de la república. La capital también se reconfiguró después de guerras y crisis, reconstruyendo su ribera, abriendo avenidas, levantando escuelas, mercados y teatros, y modernizando su puerto sin perder el diálogo con sus barrios tradicionales.
Celebrar la fundación de Asunción es celebrar un modo de ser: ribereño, hospitalario, bilingüe, mestizo. Es reconocer el protagonismo de las mujeres guaraníes en el origen de la sociedad paraguaya, la persistencia de oficios y sabores que llegaron hasta hoy, y la fuerza de una ciudad que sigue mirando al río para imaginar su futuro. Cada 15 de agosto, la capital vuelve a su nacimiento con procesiones, tedeum, música, ferias, peñas y encuentros populares que devuelven al centro histórico su primera vocación: ser plaza abierta.
Asunción no fue un milagro espontáneo; fue un acuerdo humano sostenido en el tiempo. Por eso su fundación no es solo una fecha: es un compromiso vivo con la memoria y una invitación a renovar, cada año, la promesa de una ciudad más justa, creativa y abrazada a su río. Aquí empezó el Paraguay. Y aquí, todavía, late su corazón.