Cada 16 de agosto, Paraguay celebra a sus niños y recuerda a los héroes de Acosta Ñu, honrando la vida con juego, afecto y compromiso.

El 16 de agosto no es un día cualquiera en Paraguay. Es el Día del Niño, una fecha para festejar la infancia y, a la vez, recordar el episodio más doloroso de nuestra historia: la Batalla de Acosta Ñu (1869), donde cientos de niños y adolescentes paraguayos perdieron la vida en el tramo final de la Guerra contra la Triple Alianza. Con esa memoria como faro, el país eligió transformar el duelo en compromiso: celebrar a la niñez con alegría, protección y derechos.
La jornada reúne dos dimensiones que no se contradicen: conmemoración y celebración. Por un lado, escuelas, municipios y organizaciones realizan actos de homenaje para mantener viva la historia y enseñar a las nuevas generaciones el valor de la paz. Por otro, se organizan festivales, ferias, meriendas comunitarias, deportes, teatro, cine, juegos en plazas y actividades culturales para que los chicos sean verdaderos protagonistas. En muchos barrios, clubes y comisiones vecinales arman colectas de juguetes, libros y golosinas; en otros, se priorizan talleres de lectura, ciencia y arte para expandir curiosidades y habilidades.
Pero el Día del Niño también es una agenda de derechos: salud, educación, identidad, juego, participación, protección contra la violencia y el trabajo infantil. Es la oportunidad de mirar la realidad sin filtros: ¿cómo llegan los niños a sus escuelas?, ¿qué comen?, ¿qué espacios públicos tienen para jugar?, ¿qué apoyos existen para su salud mental?, ¿qué tan protegidos están en internet? Cada 16 de agosto nos recuerda que los afectos importan, pero las políticas públicas también: vacunación al día, controles pediátricos, alimentación saludable, transporte seguro, infraestructura escolar digna, bibliotecas activas y acceso a deportes y cultura.
En las familias, el mejor regalo no siempre viene en caja. Escuchar, jugar y acompañar son gestos que construyen confianza: apagar pantallas para armar una kermés casera, cocinar juntos, leer un cuento, plantar un árbol, recorrer el barrio en bici, visitar un museo gratuito, inventar un torneo de mesa, llevarlos a ver su primer partido o su primera obra de teatro. También es un buen día para enseñar hábitos seguros: cinturón y silla infantil en el auto, casco en bici, normas básicas de tránsito, hidratación, protección solar y orientación sobre uso responsable de redes.
Desde el sistema educativo y comunitario, el 16 de agosto invita a tejer redes: docentes, centros de salud, ONG, iglesias, empresas y medios pueden coordinar campañas de donación, bibliotecas móviles, vacunatorios barriales, clínicas deportivas, charlas de prevención y espacios de contención. La niñez no es un tema de un día; es un trabajo sostenido todo el año.
Recordar Acosta Ñu no es anclarse en el pasado: es asumir que nunca más la infancia debe ser puesta en riesgo. Por eso, celebrar el Día del Niño es afirmar la vida. Es convertir la memoria en acción concreta para que cada niño —de Asunción o del interior, hablante de guaraní o castellano, del campo o la ciudad— encuentre un país que lo abrace, lo cuide y le abra puertas.
Hoy, Paraguay se mira en sus chicos y decide su rumbo. Que el rojo, blanco y azul que flamea en agosto también sea la promesa de un futuro más justo, más tierno y más libre para ellos. Porque el Día del Niño no termina al caer la tarde: empieza cada mañana, en cada casa, escuela y plaza del país.