Una jornada para aplaudir la vocación, el oficio y la valentía de quienes convierten historias en memoria colectiva.

Ser actor o actriz es habitar otras vidas sin abandonar la propia. Es estudiar, entrenar, fracasar, volver, resistir y, cuando todo parece cuesta arriba, salir a escena como si fuera la primera vez. Por eso, el Día del Actor y la Actriz no es solo una fecha en el calendario: es la excusa perfecta para reconocer un oficio que sostiene buena parte de nuestra vida cultural —en el teatro, el cine, la TV, el streaming y hasta en las aulas donde se forman las nuevas generaciones.
El trabajo actoral es mucho más que “decir un texto”. Detrás hay técnica (respiración, proyección, dicción, presencia escénica), hay investigación (de época, acentos, contextos), hay preparación física y emocional. Hay disciplina: ensayos maratónicos, funciones con fiebre, rodajes que empiezan antes del amanecer, audiciones que exigen tolerancia al “no” y capacidad para volver a intentar. Y hay una ética: cuidar al elenco, al equipo técnico, al público y, sobre todo, a la historia.
También es un oficio colectivo. Nada sucede sin directores, autores, iluminadores, sonidistas, vestuaristas, utileros, maquilladores, productores, asistentes y técnicos que sostienen la maquinaria invisible que hace posible la magia. En ese ecosistema, el intérprete es la cara visible de un engranaje enorme que pide respeto, condiciones dignas y oportunidades reales.
En Paraguay, el oficio crece a fuerza de convicción. Las salas independientes alojan estrenos, reposiciones y ciclos; los espacios municipales convocan a públicos diversos; el audiovisual local suma rodajes, óperas primas y nuevas plataformas de exhibición. Cada estreno es una victoria de la autogestión; cada temporada que se sostiene, un triunfo de la comunidad artística y del público que elige ticket en mano.
Celebrar este día también implica mirar las deudas pendientes: más formación y circuitos de circulación, estatutos y convenios actualizados, mayor acceso a fondos, fomento a giras nacionales, políticas para la infancia y juventudes, y una agenda clara de bienestar laboral que contemple salud mental y protocolos de cuidado en ensayos y rodajes. La profesionalización no es un lujo: es la base para que el talento florezca y permanezca.
¿Cómo honrar a los y las intérpretes hoy? Comprando entradas a una obra local, yendo al cine nacional, compartiendo el trabajo de compañías y elencos, recomendando espectáculos, regalando libros de teatro, apoyando festivales y escuelas, y reconociendo públicamente a quienes, con su arte, nos ayudan a entendernos como sociedad. Porque el escenario —sea sala, set o plaza— es también un servicio público: ahí se conversan los miedos, los deseos y las preguntas de nuestro tiempo.
A quienes están empezando, una certeza: no hay carrera idéntica a otra. Construyan su voz, cuiden su cuerpo, protéjanse entre colegas, aprendan a negociar, valoren su tiempo. El talento abre puertas; la constancia las mantiene abiertas. Y al público, gracias: no hay teatro sin butacas ocupadas ni historias que respiren sin ese silencio compartido antes del primer parlamento.
Hoy los aplausos son para ustedes, actrices y actores. Por la entrega, por la memoria que crean y por recordarnos que, mientras haya alguien dispuesto a contar y otro a escuchar, la escena seguirá viva.