El Rally del Paraguay volvió a demostrar que la pasión por el deporte motor se vive de una manera especial en nuestro país. Familias y grupos de amigos coparon los caminos de Itapúa con campamentos, asados y banderas, convirtiendo cada tramo de la competencia mundialista en una verdadera fiesta.

El Rally del Paraguay no se vivió únicamente dentro de los vehículos ni contra el cronómetro. A los costados de cada tramo hubo otra competencia completamente diferente: la de miles de aficionados que llegaron dispuestos a disfrutar durante horas de uno de los acontecimientos deportivos más importantes realizados en el país.
Desde muy temprano, los caminos comenzaron a poblarse de fanáticos. Algunos incluso llegaron con varios días de anticipación para instalar sus campamentos cerca de los sectores habilitados y asegurarse un lugar privilegiado para observar el paso de los mejores pilotos del mundo.
La espera se convirtió en parte fundamental de la experiencia. El infaltable asado, la música, el tereré y las reuniones entre amigos y familiares acompañaron las largas horas hasta que, finalmente, el sonido de los motores anunciaba que una de las máquinas estaba a punto de aparecer sobre la tierra roja.
Y entonces llegaba ese instante que todos estaban esperando. En apenas segundos, los autos atravesaban el sector a máxima velocidad y desaparecían nuevamente entre los caminos de Itapúa. Una espera de horas para contemplar unos pocos segundos de velocidad, pero suficiente para generar recuerdos que difícilmente serán olvidados por quienes estuvieron allí.
Las banderas paraguayas también fueron protagonistas durante todo el recorrido. Camisetas, carteles y diferentes elementos con los colores nacionales acompañaron cada especial y dejaron postales de una multitud que hizo sentir a los pilotos internacionales que estaban compitiendo en un país profundamente apasionado por el automovilismo.
Familias completas, niños, jóvenes y fanáticos históricos del rally compartieron los mismos espacios, mientras grupos provenientes de diferentes puntos del Paraguay viajaron hasta Itapúa para formar parte de la experiencia. Así, cada tramo terminó adquiriendo una identidad propia mucho más allá de lo estrictamente deportivo.


La imagen que dejó esta edición fue nuevamente la de una afición completamente entregada al Rally. El público paraguayo convirtió los caminos en tribunas naturales y demostró por qué la cultura motor del país es uno de los aspectos que más llaman la atención de quienes llegan desde el extranjero.
Los autos pasan en cuestión de segundos, pero alrededor de ellos quedan historias, encuentros y recuerdos que duran mucho más. Ese fue también el Rally del Paraguay: una enorme fiesta popular construida en cada carpa, cada asado, cada bandera y cada grupo de amigos que esperó junto al camino el rugido de los mejores del mundo.