Cada 22 de agosto se celebra el Día Nacional del Folclore Paraguayo, una fecha que pone en valor tradiciones que no pertenecen solamente a los libros o a los grandes festivales: siguen presentes en la forma de hablar, comer, compartir y relacionarse de los paraguayos.

El folclore paraguayo forma parte de la vida cotidiana. Muchas de sus manifestaciones sobreviven porque fueron transmitidas de generación en generación dentro de las familias y las comunidades, convirtiéndose en prácticas que continúan realizándose casi naturalmente.
Una de las más reconocibles es tomar tereré. Preparar el agua, seleccionar el pohã ñana, cebar y compartir la guampa representa mucho más que una manera de combatir el calor. Es también un ritual social y una forma de encuentro. En 2020, las prácticas y saberes tradicionales vinculados al tereré y al pohã ñana fueron incorporados por la UNESCO a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
También está el ñe’ẽnga, esas expresiones populares cargadas de humor, ironía, experiencia y sabiduría que aparecen espontáneamente en las conversaciones. Muchas sobreviven gracias a la tradición oral y son repetidas incluso por personas que probablemente nunca se preguntaron cuándo o dónde surgieron.
Algo similar ocurre con los káso, relatos que durante generaciones llevaron historias y personajes del imaginario popular paraguayo de una persona a otra. Perurimá, Pychãichi, Pombero o Jasy Jatere consiguieron permanecer en la memoria colectiva precisamente porque alguien escuchó sus historias y posteriormente volvió a contarlas.
Las creencias populares, supersticiones, juegos y celebraciones constituyen otra parte fundamental de esta identidad. Las fiestas de San Juan son uno de los ejemplos más visibles, con elementos tradicionales como el toro candil, pelota tata o kambuchi jejoka que continúan convocando a comunidades enteras.
La gastronomía es otra enorme depositaria de memoria. Chipa, mbeju, sopa paraguaya, vori vori y pastel mandi’o son algunas de las preparaciones cuyos conocimientos pasaron muchas veces de una generación a otra mirando cocinar a madres, padres, abuelas y abuelos. Una receta puede cambiar de una casa a otra, pero justamente allí también reside parte de su riqueza cultural.
Y resulta imposible hablar del folclore paraguayo sin mencionar su música y danza. La polca paraguaya, el arpa y otras expresiones tradicionales continúan atravesando generaciones, mientras que la guarania alcanzó en 2024 un reconocimiento histórico al ser incorporada por la UNESCO a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
El Día Nacional del Folclore sirve así para recordar algo que ocurre durante los otros 364 días del año. El folclore no vive solamente sobre un escenario o durante una celebración: permanece en aquello que los paraguayos hacen, cuentan, cocinan, escuchan y comparten cotidianamente.